lunes, 25 de abril de 2011

¿Administrando… justicia? (II)

Pasados los días santos y luego de un intento por aclarar el meollo de Agro Ingreso Seguro en mi anterior artículo, es tiempo de hacer una reflexión más profunda. Aquí hay un problema ético y, por supuesto, una falla en la recta aplicación de la justicia. El encendido debate político, no sólo ha dejado en entre dicho la importancia del proyecto AIS para la ruralidad, sino que ya criminalizó, juzgó y emitió sentencia anticipada sobre todo el programa, 33 mil beneficiarios del mismo y los actores oficiales que lo diseñaron.

El indebido escándalo mediático, permeó la administración de justicia y con ello se borraron, de un plumazo, las posibilidades de honrar el principio de presunción de inocencia, el respeto por el buen nombre de los inculpados o las garantías de la independencia de la justicia. Una condición que no sólo se predica con respecto a los otros poderes, sino de cualquier influencia, que afecte las sentencias judiciales. A eso se denomina Estado Social de Derecho.

El entorno enrarecido en este y otros juicios políticos, en los que se busca “hacer justicia”, no ha permitido evaluar, en un escenario tranquilo y sin ruidos innecesarios, la responsabilidad que atañe a los involucrados, para diferenciar dónde existe un delito y dónde no lo hay. Dónde están los criminales y dónde la gente decente. Por esta vía, se truncaron carreras limpias al servicio del sector público, y se redujeron a la categoría de “hampones peligrosos”. Funcionarios íntegros y probos irán a la cárcel, para acallar los ánimos vindicativos de la opinión pública. Son los “chivos expiatorios”, del creciente problema de la corrupción.

No niego el deber de prevenir y castigar el delito y la corrupción. Eso no está en entredicho. Hablo de la tremenda injusticia que se está configurando. Hablo de los métodos, los excesos, las omisiones, los medios, el escarnio público, el desconocimiento de las “realidades” del programa AIS y del derecho a ser escuchados en un juicio imparcial.

Siempre he creído que para quienes tenemos íntegras nuestras fibras morales y éticas, la injusticia es la prueba más difícil y, a la vez, la más desmoralizante. Quedarme callado ante este horror, sería como participar en el despropósito de llevar gente de bien a una injusta picota pública, alimentar un clima de sospecha y zozobra sobre el sector oficial y crear un campo minado, en el que los funcionarios públicos nunca salen ilesos, porque todas sus actuaciones pueden ser judicializadas y meritorias de carcelazos.

Sería un cobarde sino admitiera mi indignación como persona, ciudadano y dirigente gremial por esta casería de brujas y mi respaldo a uno de los poquísimos programas, que se han concebido en muchas décadas a favor del sector rural, medido en términos de beneficiarios, recursos e impacto. Miles de ganaderos se favorecieron lícitamente de AIS. Grandes, medianos y pequeños. Porque no es cierto que se hubiera configurado para beneficiar exclusivamente a los grandes. Como sí ha ocurrido y, de muy vieja data, con políticas como la de zonas francas, el ICR en sus inicios o la propia conformación de la cartera crediticia. Y, aunque así hubiera sido, ello no determina per se un dolo.

Es el momento de hacer un alto. Nadie puede ser considerado o tratado como un criminal, mientras se le está investigando. Una apreciación errada en el diseño de una política pública, no puede equipararse con un delito ominoso. Urge reflexionar sobre éstas y otras sindicaciones que se están formulando en los estrados judiciales. A la postre, pisotean derechos fundamentales de los acusados y los resultados desdicen mucho del prestigio y la credibilidad de las instituciones.

*Presidente Ejecutivo de FEDEGÁN.


¿Administrando… justicia? (I)

Junto con los presidentes de la SAC y FENAVI, conocimos el programa Agro Ingreso Seguro y sus componentes, incluido el capítulo de “riego y drenaje”. No percibí, como no lo hicieron los otros presidentes, que el diseño de política estuviera viciado por actuaciones deliberadas para configurar mecanismos que habilitaran favorecimientos o arreglos fraudulentos, como los que luego le propinaron un puñado de familias, y que hoy tienen en la picota pública a funcionarios, productores y campesinos de bien.

Por estas razones, no puedo mantenerme al margen del debate, sobre algunos argumentos expuestos por el Fiscal, Martín Moreno Sanjuán, que van más allá de la suerte que puedan correr los funcionarios involucrados. Mi ánimo es contribuir en la búsqueda de matices y graduaciones, que no se advierten en el discurso público judicial. Para empezar, se asegura que, de $1.4 billones apropiados para AIS, $250 mil millones correspondientes al rubro de “riego y drenaje”, están comprometidos en el peculado cometido por terceros, que accedieron a los subsidios irregularmente.

Con esa cifra ya no estaríamos hablando de unas pocas familias que fraccionaron sus fincas para obtener más de un subsidio hasta alcanzar sumas superiores a $2 mil millones, sino de 33 mil productores que participaron del programa. El 99% de ellos pequeños y medianos, que recibieron el 94% del total de los dineros arbitrados durante los 3 años de vigencia del programa. ¿Se puede presumir que todos ellos son hampones y, por ende, deben ser judicializados?

Las cifras evidencian que empresas grandes y respetables, menos del 1% de los beneficiados del capítulo de riego y drenaje –entre ellos, parte de los ingenios azucareros– accedieron al 6% de esos recursos, en montos de hasta $650 millones. ¿Se puede concluir que existió de parte de esas firmas, una intención de defraudar al programa o de ocasionar un detrimento al erario? No lo creo. Pasa, que se están mezclando en el mismo saco, honestos y deshonestos.

Se cuestiona la legalidad del contrato con el Instituto Interamericano de Cooperación para la Agricultura (IICA), con el argumento de que el tema de riego y drenaje no hace parte de la tipología de “ciencia y tecnología”, cuando el Manual de Oslo –desarrollado por Eurostat y OCDE– establece parámetros de medida e interpretación en materia de ciencia, transferencia de tecnología e innovación. Se desconoce, además, la trayectoria del IICA con entidades gubernamentales. De hecho, desde mi paso por el Vice-ministerio de Agricultura, hace más de 20 años, abundan contratos de esta naturaleza con dicha instancia y no creo que haya habido un Ministro de Agricultura, que en las últimas tres décadas, no haya contratado a través de ellos.

Necesitamos entender la función del IICA. Fue la instancia encargada de asesorar el proceso, establecer criterios técnicos para desarrollar el programa y, al mismo tiempo, evaluar la propuesta y precisar la elegibilidad. Fueron ellos los que participaron directamente y no los funcionarios. Por consiguiente, tratar de responsabilizar a quien diseña una política o genera instrumentos, para habilitar el acceso a los recursos, no tiene sentido.

No obstante, el imaginario colectivo que desató la audiencia de imputación de cargos, ha sido despiadado. Abrumada por la información mediática, la opinión pública hizo suyas, a pie juntillas, las sindicaciones del Fiscal, y con un profundo desconocimiento, los funcionarios terminaron en el foso del descrédito. En justicia, no creo que se hubieran confabulado, premeditadamente, para despejar el camino a quienes cometieron el fraude y, menos, que 33 mil beneficiados sean hampones. El programa estaba blindado y era consecuente con sus propósitos. Eso creímos, entonces, ellos y nosotros.

*Presidente Ejecutivo de FEDEGÁN

jueves, 7 de abril de 2011

La “complementariedad” del acuerdo

Los acercamientos para concertar el futuro escenario de las relaciones entre Colombia y Venezuela, sin duda, reabrieron la puerta a una nueva etapa diplomática binacional, que ya ha dado sus primeros frutos en la resolución de nuestras diferencias. Los acuerdos en la lucha contra las drogas y en materia de infraestructura y energía, son un buen indicio de ello. No obstante, estas refrescantes luces han tendido a opacarse en el tema comercial. El sigilo que ha rondado las negociaciones y los términos que hasta ahora han trascendido, sólo nos llevan a preguntarnos ¿cuál será su verdadero alcance? 

Creo no equivocarme si aseguro que difícilmente volveremos a los niveles de 2008, por lo menos para el sector agropecuario. El país productivo rural colombiano, aún no tiene claro en qué consiste el “Acuerdo de Complementariedad Económica”, que nos proponen nuestros vecinos. Sabemos que es abundante en “encadenamientos productivos”, con solicitudes en asistencia técnica y capacitación de “aquí” para “allá”. Pero, además, que al régimen cambiario con “dólares de Cadivi”, se sumará un sistema de seguimiento a las importaciones, que dejará al Ejecutivo venezolano como el principal y quizá único comprador directo, con la potestad de revisar aranceles y controlar rubros de importación, precios, cantidades y tiempos. Esto tiene nombre propio: comercio administrado.

Con otras premisas: Venezuela, además de que no importará en los volúmenes de antaño, no llevará bienes terminados o de valor agregado –sólo materias primas y semielaborados–, los mecanismos de pagos seguirán el mismo camino tortuoso y, prácticamente, no se contempla ningún mecanismo vinculante.  En  carne y lácteos, por ejemplo, han dicho que no renovarán las licencias otorgadas para las importaciones de leche en polvo y que en adelante el Ejecutivo las controlará. Tampoco comprarán carne en canal, sólo quieren ganado en pié – básicamente: hembras, mautes y destetos–.

Sólo con estos anuncios Colombia pierde. Para empezar quedamos atados a unas dinámicas comerciales inciertas, flexibles y con pocos actores privados, que en largo plazo podrían responder más a lógicas políticas que a procesos económicos, lo cual termina siendo muy peligroso. Ya ocurrió en el pasado, con graves daños para la economía nacional y para sectores productivos como el ganadero. Pero, además, porque la propia experiencia y el mercado internacional nos han demostrado, que llegar hasta la maquila del desposte y la venta de carne procesada, es lo que realmente nutre la cadena en materia de generación de empleo y divisas.

La renuente posición venezolana, argumenta que el intercambio con Colombia, nunca generó ningún beneficio para lo que hoy denominan su “desarrollo endógeno”, en particular, en el sector cárnico y lácteo. Lo que no consideran es que hoy muchas de sus mejores explotaciones ganaderas y lecheras, han sido el fruto de un trabajo constante de transferencia de tecnología de cientos de profesionales colombianos y, por supuesto, de nuestra genética. Sólo en los últimos años se vendieron a Venezuela 780.704 animales vivos de ganado gordo.

Nunca hemos ido en contra de que Venezuela consolide un proceso de autogestión y autoabastecimiento, con miras a su seguridad alimentaria, pero no puede hacerse a costa de un intercambio, a todas luces, asimétrico. Pensando con el deseo, esperamos que la diplomacia logre, este fin de semana en la tercera cumbre entre los presidentes Santos y Chávez, un giro favorable que conduzca a mecanismos más equitativos para ambas partes.

*Presidente Ejecutivo de FEDEGÁN.


lunes, 4 de abril de 2011

Es un problema estructural

Nuevamente el sector agropecuario fue el lunar negro en el crecimiento de la economía. Mientras el total nacional llegó a 4,3%, el sector agropecuario no registró crecimiento en 2010. En los años anteriores la situación es peor. Es evidente que tenemos un problema estructural en la dinámica de crecimiento de los subsectores productivos agropecuarios.

En efecto, en el último quinquenio, mientras la economía en su conjunto muestra gran dinamismo, el del sector agropecuario es muy bajo e, incluso, llega a ser negativo. En 2006 por ejemplo, la economía creció 6.7% y el sector agropecuario 2.4%; en 2007, 6.9% y 3.9%; en 2008, 3.5% y -0.4%; en 2009, 1.5% y 1.1%, respectivamente. Entre 2000 y 2010, el PIB de toda la economía aumentó, a precios constantes de 2005, 41 puntos porcentuales, mientras que el sector agropecuario sólo lo hizo en la mitad, 20 puntos.

¿Cuáles son los impactos de este problema estructural cuando el 45% de los colombianos viven en la pobreza y el 16.4% en la indigencia? Es indudable que estos segmentos de la población lo que requieren son bienes agroalimentarios y que, por la magnitud de esa marginalidad, hay una demanda interna insatisfecha pero con baja capacidad adquisitiva. Por otro lado, vemos unos mercados internacionales ampliamente distorsionados, a los cuales Colombia quiere acceder a través de los Tratados de Libre Comercio negociados pero con países que protegen sus economías agropecuarias. Son acuerdos y economías que no le permiten a Colombia dinamizar su sector agropecuario y menos superar los problemas estructurales.

El sector rural además de tener los mayores indicadores de pobreza e indigencia, también registra la mayor tasa de marginalidad. El analfabetismo es mayor, así como las necesidades básicas insatisfechas, con ausencia grave de servicios de salud y protección social, y, por supuesto, de otros servicios esenciales.

Es un problema de infraestructura que el sector no cuente con vías para sacar los productos; la red terciaria se acabó, para no hablar de la baja Formación de Capital que recibe el sector agropecuario y que en el último quinquenio no supera en promedio el 2.5% mientras que el del sector industrial es de 28%. Venimos de un periodo largo de violencia y el posconflicto aún está lejos, lo que significa que el sector rural es el que mayor impacto tiene en materia de crecimiento económico.

Los de siempre insisten en que es el proteccionismo hacia el sector agropecuario el que no le permite ser eficiente y competitivo. No reconocen los avances en productividad. Colombia produjo, en 2009, 24.1 millones de toneladas de alimentos en 3.28 millones de hectáreas. Eso es 2.2 millones de toneladas más que las del año 2000 en 3.13 millones de hectáreas.

Brasil es un buen ejemplo para estudiar y saber cómo logró superar las fallas estructurales y cómo piensa consolidarse, en el corto plazo, en una de las primeras potencias mundiales en producción agroalimentaria.

En dicho país, el decidido impulso a la Formación de Capital en el campo, el abundante flujo de financiamiento, una política gubernamental enfocada a apoyar a las empresas en la apertura y conquista de mercados en el exterior (Apex-Brasil), el mejoramiento de las condiciones de vida de la población rural, y, por supuesto, la investigación y la aplicación de nuevas tecnologías, han sido sus puntales productivos en las tres últimas décadas que lo han llevado al lugar en que se encuentra en el concierto económico mundial.

Mientras nuestras políticas públicas no estén enfocadas a superar esas fallas estructurales, es muy poco lo que podemos hacer para satisfacer esa demanda interna insatisfecha y para posicionarnos en mejor forma en los mercados internacionales. Hay que incluir esos ingredientes en la receta estratégica para lograr el desarrollo del sector agropecuario.

*Presidente ejecutivo de FEDEGÁN.